África es África. Todo puede pasar…y muchas veces pasa. La Costa de los Esqueletos nos esperaba con sus calaveras disuasorias y dos tibias cruzadas recordándonos las razones por las que se llama como se llama. Obviamente, ahora es un paraje protegido de Namibia, celosamente custodiado para garantizar la seguridad de quien la cruza. Y claro está, nosotros la cruzamos.

Más de seiscientos kilómetros de costa donde el desierto del Namib termina a los pies del océano. Un lugar mítico donde hasta hace relativamente pocos años, la corriente del Benguela arrastraba a los barcos a una muerte segura en la costa namibiana y en la que los náufragos supervivientes eran engullidos por las dunas implacables de un desierto sin piedad. De ahí su nombre. Cientos de esqueletos de humanos y de barcos encallados en la costa maldita, salpicaban un territorio tan bello como espeluznante.

Llevábamos nuestros equipos fotográficos preparados para disparar en cuanto empezáramos a ver los primeros restos. La carretera de grava y sal, se perdía delante de nuestros ojos paralela al mar. Nos fuimos adentrando kilómetros y kilómetros hacia el norte, rumbo a la nada. A nuestra derecha, el desierto parecía estar vigilando de cerca a los desconocidos que osaban poner los pies en sus dominios. A nuestra izquierda, el océano se intuía bajo una espesa niebla plomiza que iba avanzando rápidamente hacia nosotros.  Estábamos solos. Nos quedamos callados para dejar que el silencio atronador de aquel lugar nos invadiera las entrañas. Arena y más arena frente aquél océano fantasmal infinito.

 

Fue entonces cuando una bandada de miles de pájaros negros atrajo nuestra curiosidad fotográfica y nos salimos espontáneamente de la carretera rumbo a la orilla para verlos de cerca. Nuestro 4×4 podía perfectamente atravesar la arena suelta sin problema o eso creíamos. Así que nos acercamos a la orilla para fotografiar y grabar vídeo de aquella expresión de la naturaleza. Cuando intentamos arrancar el todoterreno de nuevo, estábamos atrapados en la arena. Un par de intentos fallidos nos dejaron más hundidos aún y nos vimos como Jesús Calleja, atrapados en Namibia. ¿No queríamos aventura? Ahora sólo faltaba que nos viéramos obligados a dormir en nuestra tienda de campaña en medio de la nada y que los míticos leones del desierto, hubieran aparecido para hacernos compañía. Guau!!! Tendríamos la oportunidad de sacar una foto para el National Geographic!!!

Pero no…no pasó nada de eso. Al cabo de un rato de estar escarbando bajo las ruedas, Pocket con una pala y yo con mi taza de aluminio del desayuno, apareció un pescador con un 4×4, varias cañas de pescar y muchos más conocimientos que nosotros en la costa de Namibia. Nos sacó de allí sin mayor problema, se tomó con nosotros una cerveza y nos explicó cómo hacer para no volver a tener aquel tipo de incidentes, entre otras cosas, llevar la presión de las ruedas adecuada.

Pusimos rumbo al norte sin perder más tiempo. Teníamos muchos kilómetros por delante y la noche no tardaría en darnos alcance. Atravesamos la Costa de los Esqueletos sin cruzarnos con nadie más, sintiendo la soledad  brutal que se cierne sobre la pequeñez del ser humano ante la inmensidad grandiosa de la naturaleza, viajamos bajo aquella niebla espesa y fantasmagórica que ocultaba, con toda probabilidad, las taimadas pupilas felinas de los que viven, dominando en la sombra, aquel territorio mágico. 

Texto: TENGO7GATOS

Fotografía: PocketStudio y TENGO7GATOS